Se dice que María Concepción nació en una noche lluviosa a finales de los años cuarenta, en el seno de una adinerada y conservadora familia cafetera. Era la hija número ocho del matrimonio compuesto por un padre que pasaba los treinta años y una madre que se dedicaba a las labores de hogar y paría hijos desde los catorce años. La familia de María Concepción vivía en una hacienda a las afueras de un pueblo pequeño de clima templado y poco más de doscientos habitantes.
El año en que María Concepción cumplía sus primeros seis años de vida, a la familia se habían sumado tres hermanos varones más. Justamente el día del cumpleaños de María Concepción fue una fecha que doña María Ramona, madre de María Concepción, jamás olvidó en toda su vida: Ese día vio nacer muerto al que sería el menor de sus hijos.
María Concepción creció aprendiendo las buenas costumbres que aprendían las niñas de su misma clase social al igual que sus hermanas mayores. Fue enviada a un internado de monjas hasta que terminara el bachillerato.
Para la fecha en que María Concepción cumplió dieciséis años, un hacendado vecino, viudo de cincuenta años, se acercó con intenciones de pedir la mano de María Concepción: Ella era la única de las hermanas que seguía siendo soltera y aún no era bachiller. A los padres de María Concepción los sorprendió la propuesta, sin embargo aceptaron. Tres meses después, el pretendiente murió de sopetón una mañana, mientras revisaba las cuentas de la hacienda. María Concepció suspiró aliviada, no soportaba la idea de dejar el colegio, sus amistades y peor aún, casarse con un hombre de la edad de su padre.
Los pretendientes no volvieron a aparecer. Tres años después, con diecinueve años recién cumplidos, María Concepción ayudaba a su mamá con las labores del hogar mientras sus hermanos ayudaban en la hacienda del padre. El padre estaba preocupado que su hija menor aún no estuviera casada.
Diez años pasaron y por la vida de María Concepción pasaron todo tipo de pretendientes, sin embargo, ella no demostró interés alguno en ellos y por diversas razones, los matrimonios nunca se concretaban. Los padres de María se preocupaban cada año más, puesto que su hija estaba "quedada".
Para el año 1980 las cosas cambiaron. Ese año hubo una gran cosecha y el padre de María tuvo que contratar nuevo personal para recoger el café. María acompañaba a sus padres en la finca cuando vio pasar a aquel hombre: Sintió una extraña sensación en su estómago y no supo explicar lo que significaba. Siguió viéndolo a diario, hasta que un día entablaron su primera conversación.